2 PAPÁ
Estrella recordaba el día que su padre la dio 500 ptas. para comprarse aquellos pantalones de pana verdes que tanto el gustaban. Tenía nueve años, y a vista de sus cuatro hermanos, ella “era el ojito derecho de su papá”. Tal vez, hubiera sido siempre así. Ahora tenía la mano de su padre, que apretaba la suya, a través del protector metálico de la cama.
El mes de febrero, corría engalanado de vientos, fríos y lluvia. Siempre había sido un mes extraño. Algunos acontecimientos, como la pérdida de su abuela Alejandra, se habían dado en este mes.
La sala, con biombos y paredes verde manzana, vomitaba pacientes a doquier. Su padre medio dormitaba entre ellos atado al suero y al oxígeno. De vez en cuando, canturreaba su canción favorita “la vida sigue igual…” esperando a que su hija le contestara “ y nunca cambiará…”.
_ tiene que esperar fuera un momento- le solicito una de las auxiliares- vamos a cambiarle las sábanas.
Salió portando su bolso y su libreta, donde acostumbraba a tomar algunas notas. El olor a enfermizo de los hospitales, lograba en Estrella cierta inquietud y malestar general. En ellos, siempre había despedido a gente, amigos, familiares, y si no había vivido la perdida de otros de su alrededor. No lograba entender, como se podía trabajar allí y no caer en una profunda depresión. Sí entendía, que las personas quisieran y estuvieran capacitadas para ayudar a otras, pero que pudieran pasar más de ocho horas diarias en ese aire espeso y con la mezcolanza que producen las heces, el pis y las póstulas de la enfermedad, no lo terminaba de encajar.
Papá siempre había sido muy comprensivo con todos. Especialmente con ella. Cuando tenía diecisiete años, acababan de cambiarse de casa y negoció con su madre, que tras ayudarla a forrar armarios, y resolver temas varios en cuanto a la nueva ubicación de muebles, la dejaría irse con sus amigos a la playa. Julio apretaba, dejándoles a todos sin aliento, y no fue tarea fácil llevar a cabo la misión. Tras finalizar el trabajo, mamá rompió el trato, diciendo que por su puesto que no la iba a dejar ir, y menos darle dinero para ello. Estrella montó en cólera. Por primera vez, se sintió realmente utilizada y traicionada. Fue consciente que su madre se lo podía hacer, igual que los demás. Eso fue lo que más la dolió. No obstante. Ella habló con su padre, que se mostró contrario a la decisión tomada por su mujer, pero la familia era totalmente matriarcal y él tampoco podía hacer mucho, excepto apoyar a su hija y darle el beneplácito para que se fuera. Estrella, preparó su ropa y pidió dinero prestado. Marchó con sus amigos a Tabernes (Valencia), donde vivieron momentos que siempre recordará, como la noche de la discoteca que podías tomar copas sentado en unos taburetes que estaban dentro de una piscina y la noche que hicieron el recorrido de “la barraca”, “ pastel” y “resaca” que estaban próximas a Cullera, y eran conocidas entre los jóvenes por la marcha que tenían y porque en todas ellas, podías comprar “mescalina” que estaba muy de moda en la “ruta valenciana” que mucha gente, incluso desde Madrid, hacían los fines de semana a finales de los ochenta.
Su hermano Ismael, pagaría todas las consecuencias del viaje de Estrella a Tabernes. Mamá tenía por costumbre, enfadarse con ambos, aunque solo uno de estuviera involucrado. Aquello no había cambiado, después de haber transcurrido más de veinte años. Siempre había sido así, desde la infancia. Si mamá castigaba a Ismael, también a Estrella, y a la inversa. Quizás la unión que había entre ambos hermanos, la debilitaba en algunos aspectos, y por tal motivo siempre obraba así, para hacerles sentir que mandaba ella.
Papá, por el contrario, separaba perfectamente a uno y a otro, cuando tenía que tomar medidas en el asunto. Aunque, no demostraba en exceso el amor y cariño que sentía por sus hijos, la verdad es que había sido un buen padre. Trabajador, atento a las necesidades de todos ellos y dejándose la piel junto a su madre, para que todo pudiera ser mejor de lo que era. Los sesenta y setenta habían sido tiempos difíciles y con el desarrollo de los ochenta todo parecía recuperar cierto color, hasta la televisión que hasta finales de los setenta en casa había sido en blanco y negro.
Antes de irse papá le dio dos besos en la mejilla, cogiendo fuertemente sus brazos y le dijo “ten cuidado hija, pásatelo bien y tener cuidado”. Su madre por el contrario, ni siquiera se despidió de ella. Ismael, igualmente la dio dos besos y le deseó que se lo pasara bien, que aprovechara esa semana para disfrutar y “pasar de todo”. Y Estrella así hizo. Disfrutó al máximo y “pasó de todo”. En esa temporada, prácticamente tenía novio formal, no tanto como para irse de vacaciones sola con él, pero lo suficiente para poder ir ambos en grupo. Fue su primer novio. Se habían conocido en el instituto, y el amor que se profesaban mutuamente era puro. Real y de verdad. Se amaban. Cuando aquella relación se acabó, porque ambos estaban madurando y de forma paralela, no conjunta, él, “el gordo” como todos le llamaban cariñosamente, por su puesto ella era “la gorda”, no por sus dimensiones sino por asociación, le deseó a Estrella “ojalá puedas encontrar a alguien que te ame al menos igual que yo, y a ser posible más”. Tras todos los años transcurridos, hacía balance y realmente nadie la había amado de aquella manera. Sí había tenido la fortuna de sentirse amada, pero de forma distinta. Nunca tan fresca e ingenua. Tras la ruptura definitiva mediante acuerdo de ambos, ya que antes ella había roto en otras dos ocasiones, papá se sintió un poco dolido, puesto que la unión había durado cinco años y “el gordo” era un miembro más de la familia, pero por otro lado Estrella siempre creyó que su padre se sintió aliviado. Posiblemente, ningún hombre le pareciera lo suficientemente “bueno para su niña”.
Aún guardaba fotos y otros recuerdos de aquel amor. Las cartas que él la había escrito durante el tiempo que había durado su relación tuvo que quemarlas cuatro años más tarde de haberse acabado. La ahogaban. No la dejaban avanzar. Una noche en casa de su amiga Ofelia, su mejor amiga y lo seguía siendo, cogieron una perola grande, las echaron todas y las prendió fuego. Lloró. Eran cartas muy hermosas, que efectivamente nadie la escribió nada parecido, pero se sintió profundamente aliviada. Por fin, cerraba la puerta.
Seguramente su padre, sería incapaz de recordar a “el gordo”. Su enfermedad le había borrado la memoria. Sobre todo aquella que no quería tener consigo. Puesto que a las personas que conocía de años atrás, tenía cierta facilidad para reconocerlas. Pero a él, seguro que no.
También recordaba, aquellos domingos de invierno que papá les llevaba de paseo por la mañana a Ismael y a ella, por las inmediaciones del hospital que estaban haciendo próximo a casa. Luego se llamaría “Primero de Octubre”, aunque años después le cambiaron el nombre y se quedó con “Doce de Octubre”, quizás por el día de la Hispanidad. Aquellos paseos eran maravillosos, ambos niños podían indagar, siempre bajo la vigilancia de su padre, por entre las máquinas que construían aquel edificio alto, y que servía para que si se ponían enfermitos no tuvieran que ir hasta “Pontones” o en casos de urgencia a “La Paz”. Eran días soleados, cálidos. Ambos se agarraban a las manos de papá y le preguntaban constantemente sobre lo que estaban haciendo y para qué servía. Y papá, con aquella paciencia que le caracterizaba, les disipaba cariñosamente cualquier duda. Fue una época tierna, dulce, en la que los cinco hermanos vivían con sus padres y eran felices. Solo eran ellos. Una familia de siete miembros, numerosa eso sí. Por aquellos tiempos casi todas las familias lo eran, a pesar que todo el mundo vivía con lo justo, que todos heredaban los juguetes, libros del cole y ropa del hermano anterior.