martes, 15 de noviembre de 2011

YELLOW´S DIARY

Todas las mañanas desciendo por la Cuesta Moyano. A la derecha dormitan  aún , plácidamente, miles de libros con sus historias al resguardo de las grises casetas, que cada día cuando abren sus puertas, nos endulzan con su presencia a todos los paseantes. Imagino que todos los personajes ahí encerrados juguetean intercambiando sus vidas por las de otros, y que los de una historia se intercalan en la otra y vuelta a empezar, y que cuando llega el librero, todos vuelven a su libro de procedencia, para darle sentido a su existencia y a las palabras que los describen, y se preparan como los actores a la espera de que se levante el telón, y enamorarnos con lo que allí acontece.
 Después cruzo Paseo del Prado acompañada de los viandantes, y los automóviles que nos alertan a su paso. La ciudad está despierta, el  sosiego manto de la noche ha desaparecido y el día borbotea con fuerza desde primera hora. A continuación, la calle Atocha, hasta desembocar en la plaza donde luce altivo el Reina Sofia, uno de mis sitios favoritos cuando necesito evadirme, me dejo arropar por las vanguardistas obras que lucen en sus diferentes espacios, pero antes...poco antes de llegar a él, a mi paso dejo en un kiosko de la once, un señor que es todo un personaje, está travestido con una peluca rubia, gafas graduadas, una pequeña pamela, el carmín desbordado en sus labios, minifalda de colegiala y unas nike impolutas. De su brazo cuelga un pequeño bolso floreado, y en la mano sujeta un vaso de tubo plástico...la primera vez, creía que acababa de salir de un after hours, pero poco a poco he descubierto que en su sonrisa rota y tras sus lentes de cristal, habita una tibia tristeza que me inquieta. Cruzan nuestras miradas, como el cruzar de las calles, circunstancialmente. Y algo cambia en mí, a pesar de que este momento cotidiano se repite. Mi mirada le pregunta. Su mirada me responde. Está solo, en la calle repleta de individuos que pasamos por su lado. Nadie le atiende. Está ahí. Como un apósito extraño al kiosko de los ciegos. Ciegos, ciegos porque no vemos. Solo lo que deseamos ver. Lo bonito, lo hermoso, lo que nos hace felices. Lo feo, o doloroso no lo vemos hasta que nos saltamos un semáforo y nos precipitamos al vacío. Disfrutamos de una ceguera selectiva. Somos ciegos selectivos. Seleccionamos. Esto lo veo. Esto no lo veo. Y así vamos felices caminando por la vida....
Un poco más adelante, a la izquierda, en el cristal de la tercera cafetería, como cada mañana a mi paso, encuentro sentado, leyendo el periódico, a un señor de mediana edad, con barba cuidada y cabello blanco. Imagino que es el cocinero, puesto que el local aún no está abierto, y que ameniza su desayuno con la lectura, antes de elaborar el menú. Es una milésima de segundo. Nuestras miradas se cruzan. Hoy me ha sonreido.

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